TERREMOTO EN PERÚ El seísmo no perdona ni a los muertos
El seísmo no perdona ni a los muertos
PISCO, PERÚ (18/8/07)*. Robert Mur
Escribir una crónica sobre un cementerio es una cosa, y escribirla en un cementerio es otra. Pese al dolor y al olor que se respira en el camposanto de Pisco, quizás ese sea el lugar más tranquilo de la localidad para tratar de concentrarse e hilvanar unas ideas entre tanto y tanto caos. Como los muertos no pueden volver a morir, ninguno notó nada, pero el terremoto causó en las construcciones del cementerio idénticos estragos que en los edificios de la ciudad. Mausoleos agrietados, tumbas derruidas y cruces caídas. En algunos lugares del recinto hay escenas siniestras, como la de un nicho cuyas lápidas, escritas en japonés, han caído al suelo y han dejado al descubierto los ataúdes, rodeados de telarañas. Lo más probable es que ni siquiera el día de Todos los Santos este camposanto haya contado con tanta afluencia. Los lloros, los consuelos, los sollozos. Esa es la repetitiva banda sonora de esta película, que no es de ficción. No pasan diez minutos entre un ataúd y otro. Entre un entierro y otro. Casi siempre a hombros de un grupo masculino, los féretros traspasan la valla de entrada, también derruida. A veces, los ataúdes llegan sobre una camioneta. Unos y otros esperan a que alguien asigne un lugar eterno a su familiar. Hay cola para enterrar. Los deudos están destrozados. Algunos han perdido media familia. Tratan de organizar el caos para su féretro, de buscar la colaboración preferente de los empleados del cementerio y entonces, inevitablemente, se producen los roces, las malas palabras, los malos entendidos, que siempre se diluyen en la realidad de la situación, cuando los familiares recuperan la calma y se dan cuenta de que nada les devolverá a sus seres queridos. Por eso, la experiencia de los años debe permitir a un pobre enterrador, desbordado de trabajo, superar las constantes quejas de sus clientes. "No es cuestión de plata", dice el enterrador a un familiar que le exige digno acabado de albañilería al nicho que ya ocupa el fallecido. El camposanto está colapsado. Casi no hay tumbas que no tengan propietario o no estén comprometidas. Ante esa situación, el drama hace tomar a los familiares una pala y cavar para buscar una morada para su muerto, aunque probablemente sea provisional. No pasa en el cementerio, pero sí se están produciendo enterramientos en el solar menos pensado de Pisco. "Necesitamos formol urgente", dice una mujer que ya no sabe qué hacer para que no se descomponga el cadáver de su tía. En un rincón, hundido, el florero Hugo Ávalo llora la muerte de su esposa, que acaba de enterrar después de haber vendido miles de flores para otros llantos. Y sobre un banco, las hermanas Mari Cruz e Ysela Borda tratan, con un rotulador, que las lápidas de su tía y su abuela tengan la caligrafía que se merecen. A su lado, dos hombres se llevan dos lápidas caídas, que también reciclarán.
*Crónica publicada en La Vanguardia el 19/8/2007

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